El ascensor de Begoña, un símbolo de Bilbao en peligro de extinción

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Foto: El Correo

Hace unos meses, Bilbao se despedía de uno de sus iconos arquitectónicos: el arco de San Mamés. Dentro de poco quizás tenga que decir adiós a otro emblema de su skyline (por chulería terminológica, que no quede): el ascensor de Begoña. Parece ser que la dirección del elevador ha pedido al Gobierno Vasco que rescinda la concesión de su explotación, ofreciendo por su lado una moratoria hasta febrero de 2014 para no cortar el servicio de golpe.

Las causas del declive del ascensor de Begoña son múltiples. Empezando por el propio descuido de sus instalaciones y terminando por la dura competencia de otras infraestructuras para subir y bajar a Begoña, como los ascensores del Metro en Casco Viejo y el elevador de la vaguada de Prim. Todo ello ha conducido a que la rentabilidad del negocio se haya convertido en inviable.

Lógicamente, lo primero que habría que lamentar es la situación laboral de la media docena de personas que trabajan en el ascensor. Pero sin duda otro aspecto importante a considerar es la pérdida, si se considerase su demolición, de un hito urbanístico que data de finales de los años 40, cuando el arquitecto bilbaíno Rafael Fontán vio culminada su obra, adscrita al estilo racionalista.

La recompensa de unas vistas espectaculares

También se perdería un reclamo turístico. Es cierto que las lamentables condiciones de los pasillos y las cabinas de los ascensores no ayudas a dar buena imagen al turista, pero no es menos cierto que, una vez salvados los casi 50 metros de desnivel desde la calle Esperanza hasta las Campas de Mallona, el viajero obtiene como recompensa unas espectaculares vistas de Bilbao.

Quizá, ahora que parece más cercana su desaparición, surjan nuevas ideas para hacer rentable esta infraestructura. Es difícil, ya que desde el sector público no es la mejor época para ofrecer fondos para su mantenimiento. Y en cuanto a la iniciativa privada… Sin embargo, desde Bilbao Curioso no nos resignamos a imaginar que alguien (ojalá pudiéramos nosotros mismos, aunque va a ser que no tenemos suelto) apostara por darle una nueva vida al ascensor de Begoña.

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